Solo quería un
café
El día empezaba como cualquier otro, aunque para mí el aire
venía cargado de cierta monotonía. Una mañana cualquiera, un sol cualquiera. La
gente, los edificios... todo seguía su ritmo como si cada día fuera igual al
anterior.
Atrapada en esa rutina me encontraba yo. Me miré al espejo
intentando encontrar la sonrisa que hace tiempo perdí, y solo quedaba aquella
otra: vacía, forzada.
Vacía, sí.
La vida adulta no es como la imaginaba de pequeña.
Examiné mi vestimenta de oficina, tratando de añadir algo de
color que disimulara un poco mi espíritu apagado. Me peiné el cabello largo,
negro y lacio, intentando acomodarlo y hacerlo coincidir con lo que se espera
de una ejecutiva como yo.
No es que odie mi vida; de hecho, no puedo quejarme de lo
que he logrado. Pero, de una forma extraña, sigo sintiendo ese vacío que nada
material consigue llenar.
El corazón anhela algo más, algo que no sé nombrar. Y aunque intento acallarlo, no he encontrado la clave… así
que me toca fingir. Como todos lo hacen.
—Lista —digo para mí misma, porque me encontraba sola en mi
apartamento.
Salgo, como cada mañana, caminando con paso distraído,
buscando en el camino algo que me parezca hermoso, algo que me saque de este
gris constante. Llego a la cafetería que ya se ha vuelto parte de mi rutina.
Pido lo de siempre: café negro con tres de azúcar. Me apresuro a entrar y tomo la mesa desde donde puedo
observar a todos. Me divierte imaginar las posibles historias de quienes entran
al local.
—Buenos días, ¿me puedes traer lo de siempre? —saludo con
simpatía al camarero, que notó mi presencia desde que crucé la puerta. Creo que
ya tienen registrada la hora de mi llegada.
—Claro, señorita —responde, y sin decir más se dispone a
preparar mi pedido.
Llevo poco tiempo en esta ciudad, y sin embargo, siento que
he vivido aquí toda la vida. Está llena de personajes: ahí va la asistente que
siempre anda de prisa con varios cafés. Muchas veces derrama parte del pedido…
pobre chica. Me recuerda a cuando apenas comenzaba mi carrera y sentía que me
ahogaba entre los deberes. Quería destacar, cumplir con las expectativas de los
ejecutivos, ser tomada en serio.
Qué equivocada estaba de la vida…
Entonces entra una pareja feliz. Al parecer pasaron su
primera noche juntos y ahora buscan algo para desayunar. Nunca había visto a la
joven acompañada antes… y esa sonrisa, sí que la reconozco.
Llena de amor e ilusión.
Qué ingenua. Esa alegría dura muy poco. Lo sé demasiado bien. Podría contar mil historias al
respecto.
Bajo la mirada hacia mi tablet para continuar escribiendo mi
historia. Llevo un año haciéndolo, y cada vez que me adentro en ella, algo en
mí sana. No sabía que también se puede cerrar un capítulo
escribiéndolo. No sabía que ponerle palabras al pasado era una forma de
entender lo que ocurrió hace millones de latidos… y que aún vive en el corazón.
Con poca azúcar,
quizá un croissant
Mi mente voló a aquel momento en que, por primera vez, me
atravesó la espada de la traición —si es que puede llamarse así. Era solo una
niña, todavía no entendía bien cómo funcionaba el mundo, y ya el temor se me
instalaba en el pecho, obligándome a comprender que hay cosas que no son para
siempre.
Fue mi padre quien me introdujo a ese mundo hostil, a esa
dura realidad: que el amor no siempre dura. ¿Qué se puede esperar después de eso? Probé de ese platillo que nadie quiere probar… y menos a tan
temprana edad.
—¿Qué sucedía? —me preguntaba—. Y no encontraba respuestas.
Solo sabía que mi mundo, a partir de ese instante, dejaba de
ser un lugar seguro y me exponía a otro, mucho más incierto.
—Aquí tiene su café —interrumpió el mesero con su sonrisa de
siempre, a la que solo pude responder con una mueca.
—Gracias… ¿podrías traerme un poco más de azúcar? —dije sin
prestarle demasiada atención.
—Ya su café tiene azúcar, como lo pidió —me informó con
amabilidad.
—Sí, pero estaré necesitando un poco más —respondí, dejando
al camarero algo confundido.
Claro… es normal que no me haga entender. Nunca he sido buena con las relaciones sociales.Me cuesta expresarme de forma adecuada y, a veces, digo las
cosas sin pensar en cómo podrían afectar a los demás. Cuando me expreso, que es poco, suelo decir lo que creo que
el otro quiere escuchar, no lo que realmente siento.
Porque eso —decir cómo me siento— es algo que jamás me he
permitido.
Mi corazón es un lugar lleno de sellos, miles. Lo custodio como el mayor tesoro, porque es demasiado
frágil. Tan frágil, que dudo que alguien pudiera entender cómo
cuidarlo.
Y sin embargo… ¿por qué seguimos buscando entregarlo, si
casi nadie sabe realmente lo que significa?
No iba por la
tertulia o el flirteo
Aunque muchos podrían considerarme atractiva, nunca estoy
pendiente de si algún caballero intenta llamar mi atención. La verdad es que nunca he sido buena interpretando señales. Si no me dices claramente cuáles son tus intenciones,
simplemente entenderé que eres una persona amable conmigo. Nada más.
Algunas de mis amigas se divierten a mi costa por las cosas
que a veces pasan a mi alrededor… y de las que ni me doy cuenta. La verdad es que soy bastante distraída.
Con ese último pensamiento, alzo la vista y miro por la
ventana. La gente va de un lado al otro, con las prisas de siempre por llegar a
la oficina, sin saber que —en esas mismas prisas— están dejando atrás la vida. Veo a algunos niños caminando con sus proyectos de clase en
la mano, o adormilados en los asientos traseros de los vehículos.
Si supieran…
Si supieran que esos son los momentos más felices y sin
complicaciones que tendrán en toda su vida.
Solo quería un
café
Quizá echarle
algún vistazo
a las malas nuevas
de los diarios
o sacudirme
esa pereza crónica
de mis amaneceres.
Pruebo un sorbo de café y siento cómo el elixir tibio
recorre mi garganta, despertando poco a poco mi alma. A fin de cuentas, la vida
se trata de pequeños placeres, y disfrutarlos es lo único que, a veces, me
mantiene con vida.
Afuera, el sol brilla con fuerza y la mañana parece
perfecta. Todo está bañado por una luz suave y cálida, como si el mundo entero
quisiera regalarme un motivo para sonreír. Y sin embargo, yo no lo siento así. No porque el día no lo merezca, sino porque a veces solo
proyectamos el vacío que llevamos dentro.
Reviso mi agenda. Hoy solo tengo unas cuantas reuniones y
algunos correos por responder; nada emocionante, solo otro día más. Al mirar
las novedades, me doy cuenta de que se acerca el nacimiento del hijo de mi
mejor amiga de toda la vida, y no puedo evitar quedarme pensativa. El tiempo
pasa tan rápido… parece que fue ayer cuando nos conocimos en aquella comunidad
cercana a mi casa, cuando aún éramos niñas que se volvían inseparables y
cómplices en todo. Me alegra profundamente por ella; ha logrado construir la
familia que siempre soñó. Aunque confieso, muy dentro de mí, que a veces me
pregunto por qué a algunas personas les llega tan claro eso que para otras
parece un rompecabezas sin instrucciones.
Anoto en la agenda la compra del regalo para el bebé, porque
con la memoria que tengo, si no lo escribo se me olvida.
Luego, sin muchas ganas, vuelvo a las noticias.
Pero no hay nada nuevo. Negociaciones interminables entre países que solo buscan
enriquecerse, una sociedad cada vez más desesperanzada y violenta,
descubrimientos médicos inalcanzables para quienes más los necesitan, luchas
sociales que me generan dudas sobre si son verdaderas o solo discursos bien
armados, y como siempre, algún fanático religioso que menciona a Dios justo
cuando le conviene.
El mundo parece más caótico cada día…
Y yo solo deseo —aunque sea ingenuo— poder vivir algún día
en paz.
Pero quizás la paz no esté en encontrar respuestas, sino en
aprender a respirar entre tantas preguntas.
Juro por mí que solo fui por un café,
pero te vi...
Vuelvo la mirada hacia
la ventana, tratando de encontrar esa pizca de esperanza que suele escaparse
cuando me abruma el ruido del mundo, cuando las noticias parecen repetirse en
un ciclo sin final, y todo se tiñe de un gris que no se ve, pero que se siente.
En medio de ese intento por distraerme, lo veo. Un hombre cruza la acera con
cierta prisa, una prisa que reconozco bien, esa que no es de los pies sino del
alma, y aunque al principio no logro distinguirlo con claridad, algo en su
presencia me atrapa. Lo sigo con la mirada hasta que entra al local, y bastan
unos segundos para saber que es él.
Siempre he tenido
buena memoria para los rostros, y si alguna vez conocí a alguien de verdad, no
lo olvido jamás. Mucho menos a él. Alto, de cuerpo atlético, perfectamente
vestido con su traje azul entallado, camisa blanca y una bufanda que combina
con la sobriedad de su estilo. Su rostro, varonil y cuidado, con esa barba
siempre prolija, ese cabello oscuro, esos ojos que parecían leer más de lo que
decían… y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que tantas veces me robó el aliento
y me dejó hecha pedazos, sin decir una sola palabra.
Me pregunto cómo es
posible que el corazón, en tan solo un instante, sea capaz de despertar lo que
creíamos enterrado en lo más profundo. Cómo algo tan fugaz puede devolvernos,
sin aviso, a todo lo que callamos, no porque no duela, sino porque se ha vuelto
lo único que nos pertenece, lo único que podemos conservar a salvo: el
silencio. Y ahí está él, frente a mí, como una aparición. Y aquí estoy yo, con
el corazón desbordado.
—Que no mire para
acá... —le pido al cielo, como si alguna vez mis súplicas hubieran sido
escuchadas.
—No esta vez, por
favor... aunque sea solo una vez —continúo, como si negociar con lo divino
pudiera salvarme de lo inevitable.
Pero, como siempre,
no funciona. Él gira en mi dirección, y aunque no sé si fue por simple
casualidad o porque, sin quererlo, lo atraje con la intensidad de mi mirada,
siento que ese cruce de ojos no fue fortuito. ¿Estaré alucinando? ¿Será este
uno de esos escenarios que imaginé tantas veces, jugando con la idea de volver
a verlo? Si tan solo supiera cuántas veces me inventé este instante...
Siento que me falta
el aire, que algo helado se instala en mi pecho y mi mundo, que ya andaba
tambaleante, está a punto de venirse abajo. Sí, es él. Y su sola presencia lo
derrumba todo. De los nervios, casi derramo el café sobre la tablet. Bajo la
taza de golpe e intento disimular, fingir que nada ocurre, pero soy una pésima
actriz y estoy segura de que él ya notó que aún tiene ese efecto en mí. Me
regaño en silencio. ¿Cómo puede seguir provocándome todo esto? ¿Cómo puede
todavía hacerme sentir así?
Y entonces,
inevitablemente, todo en mí regresa al comienzo, al instante en que lo conocí.
Fue en la oficina, durante un nuevo proyecto. Él era el líder del equipo, y a
mí me asignaron para apoyar en el desarrollo y conceptualización de las
propuestas de innovación. Desde el principio me llamó la atención su forma de
liderar: seguro, creativo, con esa facilidad para encontrar mejoras en cada
idea, para ver más allá de lo evidente. No era sorpresa que le confiaran este
tipo de proyectos. Era brillante, y lo sabía.
Sin darme cuenta,
pasé de admirarlo profesionalmente a buscar cualquier excusa para estar cerca
de él. Y cuando lo supe, ya era demasiado tarde. Habíamos cruzado esa línea
invisible donde el trabajo deja de ser solo trabajo, y empiezan a compartirse
los libros favoritos, las preguntas sin respuestas, las conversaciones que no
terminan cuando se cierra la laptop. Tenía una mente insaciable, siempre
queriendo aprender más, descubrir más, absorber más del mundo... tan insaciable
como mi necesidad de estar cerca de él.
Recuerdo
especialmente una tarde, después de una reunión eterna de presentación de
resultados. Hablábamos de vernos más tarde, pero esa vez lo noté diferente.
Había algo en su mirada, una especie de nerviosismo que contrastaba con su
seguridad habitual. Me invitó a su apartamento. Dijo que tenía algo especial
preparado. Y yo, ilusionada como una adolescente, acepté sin pensarlo. Estaba
deseando que llegara la noche, que llegara él, que llegara ese momento.
El tiempo voló. No
me di cuenta cuando el reloj marcó las cinco. Me fui de la oficina con una
sonrisa que hablaba por sí sola, pensando en qué vestido usar, sabiendo que la
ocasión lo merecía. Al llegar a casa, elegí uno sencillo, rojo, y me maquillé
con suavidad, lo justo para resaltar mis rasgos. Solté mi cabello, lo arreglé
con cuidado, me miré al espejo y, por un instante, me sentí feliz con lo que
vi.
Tomé mi bolso negro
y salí apurada. Él, mientras tanto, preparaba cada detalle: la mesa, las velas,
las rosas rojas. Llevaba una camisa blanca y jeans que le quedaban como hechos
a medida. Siempre impecable. Y ese perfume… ese perfume que me hacía querer
abrazarlo y no soltarlo nunca, quizás porque me recordaba al de mi padre,
quizás porque me hacía sentir a salvo, en casa.
Cuando llegué, me
acomodé el vestido frente al espejo del pasillo. Quería estar perfecta. Quería
que esa noche fuera todo lo que imaginé.
Él abrió la puerta con una sonrisa que me dio la bienvenida sin palabras. Era
la primera vez que me invitaba a su refugio, como él lo llamaba. Me había dicho
muchas veces que su apartamento era su santuario, que muy pocas personas habían
cruzado ese umbral. Por eso, cuando me hizo aquella invitación, supe que para
él también significaba algo más.
Observé cada rincón
con detalle. Todo hablaba de él: su buen gusto, su orden, su calidez. Me habló
de las rosas del comedor, y me acerqué para olerlas, dejándome envolver por su
perfume.
—Wow, están hermosas
—dije sonriendo—. Tu apartamento es muy acogedor… aunque, si me permites, diría
que le faltan unos toques femeninos —agregué con una sonrisa traviesa.
—¿Ah, sí? ¿No me
digas? —contestó, entendiendo la indirecta.
—Sí —dije, como
quien insiste con dulzura, como una niña que quiere convencer a su padre de que
le compre ese juguete que tanto desea.
Él sonrió, y aunque
quiso seguir el juego, su risa lo delató.
—Tienes razón. Pero
ya de eso se encargará la señora de la casa en su momento —dijo, con esa forma
suya de decir tanto sin necesidad de explicar nada.
Me invitó a
sentarme.
—¿Quieres un trago?
—¿Qué tienes?
—Tu vino rosado… y
fresas, como te gustan.
—Gracias —respondí,
mientras él se dirigía a la cocina.
La noche fluyó entre
charlas, risas, miradas que decían más que las palabras. Y en un momento,
mientras el silencio se volvía cómodo, me miró fijo, me tomó la mano, y con esa
seguridad que siempre le acompañaba, me dijo:
—Ojalá este momento
no se terminara nunca.
Noa, no quiero que seamos solo amigos. Me gustas… me gustas mucho. Y me
encantaría que nos demos la oportunidad de conocernos más allá del trabajo, más
allá de todo.
No titubeó. No dudó.
Y en ese instante supe que hablaba desde un lugar real.
Por mi parte, sentí que las palabras se escondían, que el corazón quería
salirse, que mis mejillas ardían… y que el único lenguaje posible era cerrar la
distancia.
Así que lo besé, tímidamente, y él me respondió, transformando aquel primer
roce en algo más profundo.
Más sincero.
Más nuestro.
Y cambiaste mi
vida, mi ritmo, mi espacio,
mi tiempo, mi
historia, mis sueños y todo.
Me agregaste
risas, dos dudas, un duende,
un par de
fantasmas… y este amor que te tengo.
—Aiden… —su nombre salió casi como un suspiro.
Aún lucía tan atractivo como siempre.
Lo vi caminar hacia mí con esa sonrisa encantadora que
tantas veces me desarmó. Sentí el sudor en mis manos, las mejillas ardiendo,
los nervios a flor de piel. Rogaba no derrumbarme frente a él.
Su paso era firme, su presencia envolvente. Aiden tenía esa
extraña capacidad de hacer que todas mis defensas cayeran, como si llevara la
llave secreta de mi alma. Creí que, por dejar de pensar en él, lo había
olvidado. Qué ingenua fui. Hay cosas que, simplemente, no se olvidan.
—Hola, Noa. ¿Cómo has estado? Siglos sin verte —dijo,
acercándose con la naturalidad de quien saluda a una vieja amiga.
No sabía si ponerme de pie, sonreír, fingir indiferencia o
soltarlo todo de una vez. Me debatía entre opciones que solo existían en mi
mente, hasta que un gesto suyo me hizo volver a la realidad.
—Hola… sí, ha pasado mucho tiempo. Estoy bien, tomando mi
café matutino, disfrutando un momento de paz antes de que comience la cruel
rutina —sonreí, tratando de hacer coincidir mis palabras con mi expresión.
—Recuerdo que para ti el café era sagrado para comenzar el
día —dijo con ternura—. ¿Puedo sentarme?
—Oh, claro, disculpa. Pensé que estarías apurado.
—Siempre tengo tiempo para la gente que me importa.
Y me desarmó. Bajé la mirada, intentando ocultar el
torbellino interior. Mi orgullo y mi dignidad luchaban por mantenerse firmes,
pero mi corazón —ese músculo traicionero— insistía en hacerme temblar.
—Gracias por eso… pero en serio, no es necesario. Si tienes
que irte…
—Ya te dije, quiero compartir mi café contigo. Resuelto ese
dilema, cuéntame, ¿cómo has estado? ¿Lograste hacer lo que querías?
—Sí. Estoy cumpliendo mi sueño. ¿Y tú?
Mis pensamientos viajaron al pasado, al día que le comuniqué
mi decisión de dejar la empresa.
—¿Por qué lo haces? —preguntó entonces, molesto, con los
ojos clavados en mí.
—Porque quiero irme. Tengo una buena oportunidad en las
manos y quiero aprovecharla —le respondí con una seguridad que apenas lograba
sostener.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no me dijiste nada? Últimamente no me
cuentas muchas cosas... pero esto ni lo insinuaste.
—No tengo que contarte todo lo que hago, Aiden. Ya no
estamos juntos.
—No hace falta que me lo recuerdes…
—Disculpa si te incomoda. Solo lo menciono por tu
insistencia.
—¿Cuál insistencia? ¿Querer saber de ti? ¿Que estés bien?
¿Eso te molesta? Perdón por mi necedad de querer…
—¿De querer qué, Aiden? —dije con la voz quebrada y la furia
agazapada en mi pecho.
—Olvídalo. No vale la pena. Tenías un futuro brillante aquí,
y lo estás tirando por la borda por… por un tema emocional.
—¿Un tema emocional? ¿Así lo llamas? ¿Eso fue para ti?
—Sabes a lo que me refiero —respondió, frustrado,
sintiéndose cada vez más atrapado en sus propias palabras—. Mejor déjalo así.
Te deseo suerte.
Se levantó, abrió la puerta, y con ese gesto silencioso me
pidió que saliera. Me tragué todo lo que podría haber dicho. Ya nada valía. Él
había sido claro: no estaba listo. No quería dar un paso más allá. La empresa
no permitía relaciones entre colegas —y mucho menos entre superiores e
inferiores—. Si dábamos el siguiente paso, alguno debía dejar el trabajo… y él
no estaba dispuesto.
Después de aquella discusión, todo empezó a encajar.
Había una chica en la oficina que siempre había estado tras
él. Nunca me molestó su presencia —sabía que Aiden solo tenía ojos para mí—,
pero también sabía que, si él le daba la más mínima entrada, ella lo tomaría
como una señal.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Él le permitió acercarse, sabiendo que eso bastaría para que
yo me desilusionara. Sabía que jamás aceptaría compartir ese tipo de ambigüedad
emocional. Quizás, en el fondo, buscaba que yo me fuera… así tendría la excusa
perfecta. Así no tendría que asumir que simplemente prefería su carrera antes
que a mí.
No quería ser el villano.
Y terminó siéndolo igual.
Mi último día en la oficina estuvo cargado de nostalgia.
Ese lugar había sido mucho más que un trabajo para mí: fue
refugio, escuela, escenario de mis logros y también de mis batallas. Allí
encontré amistades sinceras, espacios que me hicieron crecer y, durante un
tiempo, todo lo que necesitaba para sentirme plena.
No fue una decisión fácil. Al contrario, me costó más de lo
que pude admitir. Pero, en el fondo, sabía que era lo mejor. A veces uno no se va porque quiere. Se va porque quedarse significa traicionarse.
Los chicos me prepararon una despedida preciosa en un
restaurante elegante. Siempre los recordaré con cariño. Mientras hablaba con
mis amigos, uno de ellos se acercó a contarme que fue Aiden quien organizó
todo. Lo busqué con la mirada y lo encontré a la distancia, observándome
discretamente, con un trago en la mano. Como si solo quisiera asegurarse de que
estuviera bien.
Eso me desarmó. Me acerqué cuando lo vi solo.
—Gracias.
—¿Por qué me das las gracias? —preguntó, genuinamente
curioso.
—Por esto. Por organizar la despedida.
—No hay de qué. Te la mereces. Eres la mejor en tu área. Es
una pena perderte… aunque nunca dijiste a dónde vas.
—Ni te voy a decir.
—Está bien, aunque no es justo —dijo, bajando la mirada.
—La vida no es justa, Aiden. De eso se trata. De aprender a
perder.
—La vida… estos últimos meses se ha encargado de
enseñármelo. Créeme.
—¿Cómo?
—Déjalo así. No hace falta hablar de eso. Solo espero que
encuentres lo que estás buscando.
—Gracias. Yo también espero que encuentres a quien buscas. Y
que puedas construir la familia que sueñas.
Me fui con esa última frase colgando entre nosotros.
Ese era mi sueño también. Lástima que no iba a vivirlo conmigo.
Y juro por mi qué
solo fui por un café
Pero te vi...
Quien iba a
imaginar
Que esa mañana, en
el café
Yo iria a
coincidir con el milagro
De pisar el mismo
espacio
A la misma hora
que tu
Con el peso de ese último recuerdo, vuelvo al presente y
tomo un sorbo de café.
—¿Y cómo anda la empresa? ¿Lograste lo que querías?
—Sí —responde con una sonrisa suave—. Me ascendieron a
director general. Al fin.
—Te felicito, Aiden. Sabía que lo lograrías.
—Gracias. Sé que lo dices de verdad.
Hace una pausa.
—¿Y tú? ¿Te casaste?
—Ese capítulo está cerrado con llave —respondo, esquivando
su mirada.
—Tampoco veo anillo en tu dedo.
—No todo sueño se cumple —digo, bajando la voz.
—A veces… dejamos ir lo único que realmente importaba.
Levanto la vista. Lo miro.
Él sostiene su taza entre las manos, pero ya no bebe.
—Noa —dice—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque quiero que nos escapemos.
Pasar el día juntos.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
¿Te animas?
Me quedo en silencio.
Sus ojos no se apartan de los míos.
El café, de pronto, sabe distinto.
El aire pesa un poco más.
Y ahí estamos: dos personas que se amaron mucho…
O que quizás todavía se aman.
Sonrío. Pero no respondo.
Solo lo miro.
Y dejo que el silencio elija por mí.
Y cómo si esto
fuera poco
Que tus ojos se
fijaran justamente en mi
Juro por mi qué
solo fui por un café
Pero te vi...
Y cambiaste mi
vida, mi ritmo, mi espacio,
Mi tiempo, mi
historia, mis sueños y todo
Y me agregaste
risas, dos dudas, un duende,
Un par de
fantasmas
Y este amor que te
tengo.
Y juro por mi qué
solo fui por un café.