Wednesday, July 16, 2025





Amar en voz alta


Uno de los errores más humanos

es creer que las personas son eternas.

Que esa alegría que nos despiertan,
esa ilusión que nos enciende el pecho,
será algo que siempre estará ahí.

Y entonces, callamos.

Callamos por miedo,
por no incomodar,
por no exponernos a ser heridos.

Pero asumir que los otros saben lo que sentimos
sin que lo digamos,
muchas veces hiere más que el rechazo.

Por eso hoy te invito,
y me invito,
a decir lo que llevamos dentro.

A nombrar el amor en voz alta,
a no guardar lo que importa.

Porque el silencio pesa,
y vivir con lo no dicho
no es vivir del todo.

Amar con claridad
sigue siendo la forma más valiente de habitar esta vida.

 





La vida se construye en esas elecciones silenciosas que parecen pequeñas…

pero en realidad lo cambian todo.

No siempre elegimos entre lo bueno y lo malo.
A veces, el verdadero reto es elegir entre lo bueno,
que nos acomoda,
y lo óptimo,
que nos impulsa hacia lo que de verdad anhelamos.

Porque lo malo nunca ha sido una opción
cuando sabes hacia dónde quieres ir:
la felicidad, tu mejor versión, tu vida plena.

 


Lo siento...

Lo siento...
por creer que te amaba.
Perdón,
por ilusionarte,
por aceptar lo que me dabas
sin poder devolverte lo mismo.

No sabía lo que era el amor,
y me confundí.
No entendía su peso,
ni su verdad.

Me acomodé
en la sensación de seguridad
que tu cariño me ofrecía.
Me refugié ahí,
sin saber si realmente sentía.

Lo siento.
Perdón.
Por creer… que era amor.

 


Nada como Tú

Cómo decir, cómo explicar
todo lo que me haces sentir.
Un instante de Ti
me completa la eternidad.

Desde hace tiempo mi corazón
no me pertenece.
Desde que me hablaste, me viste,
inundaste mi ser con Tu amor.

No merezco este amor,
y aun así estás...
tan paciente,
tan presente.

No hay palabras que puedan expresar lo que siento,
no hay canción que describa mi interior.
Solo puedo decir que no hay nada como Tú.
Eres la cura para mi angustia en la tormenta,
mi paz...
y no habrá nada que reemplace Tu presencia.

Ya lo he vivido, no quiero revivirlo.
No puedo volver atrás.
Solo quiero encontrarte,
solo anhelo amarte
para siempre.
¿Cuándo podré verte?

Ven a buscarme,
regálame Tu presencia,
aunque no la merezca.
Solo quiero estar contigo...
para siempre en Tu amor.

Tuesday, July 15, 2025

Solo quería un café… pero te vi

 


                                        Inspirada en la canción de 
                                                                                   Ricardo Arjona
                                                                              (Sin fines lucrativos)

 

Solo quería un café

 

El día empezaba como cualquier otro, aunque para mí el aire venía cargado de cierta monotonía. Una mañana cualquiera, un sol cualquiera. La gente, los edificios... todo seguía su ritmo como si cada día fuera igual al anterior.

 Atrapada en esa rutina me encontraba yo. Me miré al espejo intentando encontrar la sonrisa que hace tiempo perdí, y solo quedaba aquella otra: vacía, forzada.

Vacía, sí.

La vida adulta no es como la imaginaba de pequeña.

Examiné mi vestimenta de oficina, tratando de añadir algo de color que disimulara un poco mi espíritu apagado. Me peiné el cabello largo, negro y lacio, intentando acomodarlo y hacerlo coincidir con lo que se espera de una ejecutiva como yo.

 No es que odie mi vida; de hecho, no puedo quejarme de lo que he logrado. Pero, de una forma extraña, sigo sintiendo ese vacío que nada material consigue llenar.

El corazón anhela algo más, algo que no sé nombrar. Y aunque intento acallarlo, no he encontrado la clave… así que me toca fingir. Como todos lo hacen.

 —Lista —digo para mí misma, porque me encontraba sola en mi apartamento.

Salgo, como cada mañana, caminando con paso distraído, buscando en el camino algo que me parezca hermoso, algo que me saque de este gris constante. Llego a la cafetería que ya se ha vuelto parte de mi rutina. Pido lo de siempre: café negro con tres de azúcar.  Me apresuro a entrar y tomo la mesa desde donde puedo observar a todos. Me divierte imaginar las posibles historias de quienes entran al local.

 —Buenos días, ¿me puedes traer lo de siempre? —saludo con simpatía al camarero, que notó mi presencia desde que crucé la puerta. Creo que ya tienen registrada la hora de mi llegada.

 —Claro, señorita —responde, y sin decir más se dispone a preparar mi pedido.

 Llevo poco tiempo en esta ciudad, y sin embargo, siento que he vivido aquí toda la vida. Está llena de personajes: ahí va la asistente que siempre anda de prisa con varios cafés. Muchas veces derrama parte del pedido… pobre chica. Me recuerda a cuando apenas comenzaba mi carrera y sentía que me ahogaba entre los deberes. Quería destacar, cumplir con las expectativas de los ejecutivos, ser tomada en serio.

Qué equivocada estaba de la vida…

Entonces entra una pareja feliz. Al parecer pasaron su primera noche juntos y ahora buscan algo para desayunar. Nunca había visto a la joven acompañada antes… y esa sonrisa, sí que la reconozco.

Llena de amor e ilusión.

Qué ingenua. Esa alegría dura muy poco. Lo sé demasiado bien. Podría contar mil historias al respecto.

Bajo la mirada hacia mi tablet para continuar escribiendo mi historia. Llevo un año haciéndolo, y cada vez que me adentro en ella, algo en mí sana. No sabía que también se puede cerrar un capítulo escribiéndolo. No sabía que ponerle palabras al pasado era una forma de entender lo que ocurrió hace millones de latidos… y que aún vive en el corazón.

 Con poca azúcar, quizá un croissant

Mi mente voló a aquel momento en que, por primera vez, me atravesó la espada de la traición —si es que puede llamarse así. Era solo una niña, todavía no entendía bien cómo funcionaba el mundo, y ya el temor se me instalaba en el pecho, obligándome a comprender que hay cosas que no son para siempre.

 Fue mi padre quien me introdujo a ese mundo hostil, a esa dura realidad: que el amor no siempre dura. ¿Qué se puede esperar después de eso? Probé de ese platillo que nadie quiere probar… y menos a tan temprana edad.

 —¿Qué sucedía? —me preguntaba—. Y no encontraba respuestas.

 Solo sabía que mi mundo, a partir de ese instante, dejaba de ser un lugar seguro y me exponía a otro, mucho más incierto.

 —Aquí tiene su café —interrumpió el mesero con su sonrisa de siempre, a la que solo pude responder con una mueca.

 —Gracias… ¿podrías traerme un poco más de azúcar? —dije sin prestarle demasiada atención.

—Ya su café tiene azúcar, como lo pidió —me informó con amabilidad.

 —Sí, pero estaré necesitando un poco más —respondí, dejando al camarero algo confundido.

 Claro… es normal que no me haga entender. Nunca he sido buena con las relaciones sociales.Me cuesta expresarme de forma adecuada y, a veces, digo las cosas sin pensar en cómo podrían afectar a los demás. Cuando me expreso, que es poco, suelo decir lo que creo que el otro quiere escuchar, no lo que realmente siento.

 Porque eso —decir cómo me siento— es algo que jamás me he permitido.

 Mi corazón es un lugar lleno de sellos, miles. Lo custodio como el mayor tesoro, porque es demasiado frágil. Tan frágil, que dudo que alguien pudiera entender cómo cuidarlo.

 Y sin embargo… ¿por qué seguimos buscando entregarlo, si casi nadie sabe realmente lo que significa?

 No iba por la tertulia o el flirteo

 Aunque muchos podrían considerarme atractiva, nunca estoy pendiente de si algún caballero intenta llamar mi atención. La verdad es que nunca he sido buena interpretando señales. Si no me dices claramente cuáles son tus intenciones, simplemente entenderé que eres una persona amable conmigo. Nada más.

 Algunas de mis amigas se divierten a mi costa por las cosas que a veces pasan a mi alrededor… y de las que ni me doy cuenta. La verdad es que soy bastante distraída.

Con ese último pensamiento, alzo la vista y miro por la ventana. La gente va de un lado al otro, con las prisas de siempre por llegar a la oficina, sin saber que —en esas mismas prisas— están dejando atrás la vida. Veo a algunos niños caminando con sus proyectos de clase en la mano, o adormilados en los asientos traseros de los vehículos.

Si supieran…

Si supieran que esos son los momentos más felices y sin complicaciones que tendrán en toda su vida.

 Solo quería un café

Quizá echarle algún vistazo

a las malas nuevas de los diarios

o sacudirme

esa pereza crónica de mis amaneceres.

 Pruebo un sorbo de café y siento cómo el elixir tibio recorre mi garganta, despertando poco a poco mi alma. A fin de cuentas, la vida se trata de pequeños placeres, y disfrutarlos es lo único que, a veces, me mantiene con vida.

 Afuera, el sol brilla con fuerza y la mañana parece perfecta. Todo está bañado por una luz suave y cálida, como si el mundo entero quisiera regalarme un motivo para sonreír. Y sin embargo, yo no lo siento así. No porque el día no lo merezca, sino porque a veces solo proyectamos el vacío que llevamos dentro.

Reviso mi agenda. Hoy solo tengo unas cuantas reuniones y algunos correos por responder; nada emocionante, solo otro día más. Al mirar las novedades, me doy cuenta de que se acerca el nacimiento del hijo de mi mejor amiga de toda la vida, y no puedo evitar quedarme pensativa. El tiempo pasa tan rápido… parece que fue ayer cuando nos conocimos en aquella comunidad cercana a mi casa, cuando aún éramos niñas que se volvían inseparables y cómplices en todo. Me alegra profundamente por ella; ha logrado construir la familia que siempre soñó. Aunque confieso, muy dentro de mí, que a veces me pregunto por qué a algunas personas les llega tan claro eso que para otras parece un rompecabezas sin instrucciones.

 Anoto en la agenda la compra del regalo para el bebé, porque con la memoria que tengo, si no lo escribo se me olvida.

Luego, sin muchas ganas, vuelvo a las noticias.

Pero no hay nada nuevo. Negociaciones interminables entre países que solo buscan enriquecerse, una sociedad cada vez más desesperanzada y violenta, descubrimientos médicos inalcanzables para quienes más los necesitan, luchas sociales que me generan dudas sobre si son verdaderas o solo discursos bien armados, y como siempre, algún fanático religioso que menciona a Dios justo cuando le conviene.

 El mundo parece más caótico cada día…

Y yo solo deseo —aunque sea ingenuo— poder vivir algún día en paz.

Pero quizás la paz no esté en encontrar respuestas, sino en aprender a respirar entre tantas preguntas.

 Juro por mí que solo fui por un café,

pero te vi...

Vuelvo la mirada hacia la ventana, tratando de encontrar esa pizca de esperanza que suele escaparse cuando me abruma el ruido del mundo, cuando las noticias parecen repetirse en un ciclo sin final, y todo se tiñe de un gris que no se ve, pero que se siente. En medio de ese intento por distraerme, lo veo. Un hombre cruza la acera con cierta prisa, una prisa que reconozco bien, esa que no es de los pies sino del alma, y aunque al principio no logro distinguirlo con claridad, algo en su presencia me atrapa. Lo sigo con la mirada hasta que entra al local, y bastan unos segundos para saber que es él.

Siempre he tenido buena memoria para los rostros, y si alguna vez conocí a alguien de verdad, no lo olvido jamás. Mucho menos a él. Alto, de cuerpo atlético, perfectamente vestido con su traje azul entallado, camisa blanca y una bufanda que combina con la sobriedad de su estilo. Su rostro, varonil y cuidado, con esa barba siempre prolija, ese cabello oscuro, esos ojos que parecían leer más de lo que decían… y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que tantas veces me robó el aliento y me dejó hecha pedazos, sin decir una sola palabra.

Me pregunto cómo es posible que el corazón, en tan solo un instante, sea capaz de despertar lo que creíamos enterrado en lo más profundo. Cómo algo tan fugaz puede devolvernos, sin aviso, a todo lo que callamos, no porque no duela, sino porque se ha vuelto lo único que nos pertenece, lo único que podemos conservar a salvo: el silencio. Y ahí está él, frente a mí, como una aparición. Y aquí estoy yo, con el corazón desbordado.

—Que no mire para acá... —le pido al cielo, como si alguna vez mis súplicas hubieran sido escuchadas.

—No esta vez, por favor... aunque sea solo una vez —continúo, como si negociar con lo divino pudiera salvarme de lo inevitable.

Pero, como siempre, no funciona. Él gira en mi dirección, y aunque no sé si fue por simple casualidad o porque, sin quererlo, lo atraje con la intensidad de mi mirada, siento que ese cruce de ojos no fue fortuito. ¿Estaré alucinando? ¿Será este uno de esos escenarios que imaginé tantas veces, jugando con la idea de volver a verlo? Si tan solo supiera cuántas veces me inventé este instante...

Siento que me falta el aire, que algo helado se instala en mi pecho y mi mundo, que ya andaba tambaleante, está a punto de venirse abajo. Sí, es él. Y su sola presencia lo derrumba todo. De los nervios, casi derramo el café sobre la tablet. Bajo la taza de golpe e intento disimular, fingir que nada ocurre, pero soy una pésima actriz y estoy segura de que él ya notó que aún tiene ese efecto en mí. Me regaño en silencio. ¿Cómo puede seguir provocándome todo esto? ¿Cómo puede todavía hacerme sentir así?

Y entonces, inevitablemente, todo en mí regresa al comienzo, al instante en que lo conocí. Fue en la oficina, durante un nuevo proyecto. Él era el líder del equipo, y a mí me asignaron para apoyar en el desarrollo y conceptualización de las propuestas de innovación. Desde el principio me llamó la atención su forma de liderar: seguro, creativo, con esa facilidad para encontrar mejoras en cada idea, para ver más allá de lo evidente. No era sorpresa que le confiaran este tipo de proyectos. Era brillante, y lo sabía.

Sin darme cuenta, pasé de admirarlo profesionalmente a buscar cualquier excusa para estar cerca de él. Y cuando lo supe, ya era demasiado tarde. Habíamos cruzado esa línea invisible donde el trabajo deja de ser solo trabajo, y empiezan a compartirse los libros favoritos, las preguntas sin respuestas, las conversaciones que no terminan cuando se cierra la laptop. Tenía una mente insaciable, siempre queriendo aprender más, descubrir más, absorber más del mundo... tan insaciable como mi necesidad de estar cerca de él.

Recuerdo especialmente una tarde, después de una reunión eterna de presentación de resultados. Hablábamos de vernos más tarde, pero esa vez lo noté diferente. Había algo en su mirada, una especie de nerviosismo que contrastaba con su seguridad habitual. Me invitó a su apartamento. Dijo que tenía algo especial preparado. Y yo, ilusionada como una adolescente, acepté sin pensarlo. Estaba deseando que llegara la noche, que llegara él, que llegara ese momento.

El tiempo voló. No me di cuenta cuando el reloj marcó las cinco. Me fui de la oficina con una sonrisa que hablaba por sí sola, pensando en qué vestido usar, sabiendo que la ocasión lo merecía. Al llegar a casa, elegí uno sencillo, rojo, y me maquillé con suavidad, lo justo para resaltar mis rasgos. Solté mi cabello, lo arreglé con cuidado, me miré al espejo y, por un instante, me sentí feliz con lo que vi.

Tomé mi bolso negro y salí apurada. Él, mientras tanto, preparaba cada detalle: la mesa, las velas, las rosas rojas. Llevaba una camisa blanca y jeans que le quedaban como hechos a medida. Siempre impecable. Y ese perfume… ese perfume que me hacía querer abrazarlo y no soltarlo nunca, quizás porque me recordaba al de mi padre, quizás porque me hacía sentir a salvo, en casa.

Cuando llegué, me acomodé el vestido frente al espejo del pasillo. Quería estar perfecta. Quería que esa noche fuera todo lo que imaginé.

Él abrió la puerta con una sonrisa que me dio la bienvenida sin palabras. Era la primera vez que me invitaba a su refugio, como él lo llamaba. Me había dicho muchas veces que su apartamento era su santuario, que muy pocas personas habían cruzado ese umbral. Por eso, cuando me hizo aquella invitación, supe que para él también significaba algo más.

Observé cada rincón con detalle. Todo hablaba de él: su buen gusto, su orden, su calidez. Me habló de las rosas del comedor, y me acerqué para olerlas, dejándome envolver por su perfume.

—Wow, están hermosas —dije sonriendo—. Tu apartamento es muy acogedor… aunque, si me permites, diría que le faltan unos toques femeninos —agregué con una sonrisa traviesa.

—¿Ah, sí? ¿No me digas? —contestó, entendiendo la indirecta.

—Sí —dije, como quien insiste con dulzura, como una niña que quiere convencer a su padre de que le compre ese juguete que tanto desea.

Él sonrió, y aunque quiso seguir el juego, su risa lo delató.

—Tienes razón. Pero ya de eso se encargará la señora de la casa en su momento —dijo, con esa forma suya de decir tanto sin necesidad de explicar nada.

Me invitó a sentarme.

—¿Quieres un trago?

—¿Qué tienes?

—Tu vino rosado… y fresas, como te gustan.

—Gracias —respondí, mientras él se dirigía a la cocina.

La noche fluyó entre charlas, risas, miradas que decían más que las palabras. Y en un momento, mientras el silencio se volvía cómodo, me miró fijo, me tomó la mano, y con esa seguridad que siempre le acompañaba, me dijo:

—Ojalá este momento no se terminara nunca.
Noa, no quiero que seamos solo amigos. Me gustas… me gustas mucho. Y me encantaría que nos demos la oportunidad de conocernos más allá del trabajo, más allá de todo.

No titubeó. No dudó.
Y en ese instante supe que hablaba desde un lugar real.
Por mi parte, sentí que las palabras se escondían, que el corazón quería salirse, que mis mejillas ardían… y que el único lenguaje posible era cerrar la distancia.

Así que lo besé, tímidamente, y él me respondió, transformando aquel primer roce en algo más profundo.
Más sincero.
Más nuestro.

Y cambiaste mi vida, mi ritmo, mi espacio,

mi tiempo, mi historia, mis sueños y todo.

Me agregaste risas, dos dudas, un duende,

un par de fantasmas… y este amor que te tengo.

 

—Aiden… —su nombre salió casi como un suspiro.

Aún lucía tan atractivo como siempre.

Lo vi caminar hacia mí con esa sonrisa encantadora que tantas veces me desarmó. Sentí el sudor en mis manos, las mejillas ardiendo, los nervios a flor de piel. Rogaba no derrumbarme frente a él.

Su paso era firme, su presencia envolvente. Aiden tenía esa extraña capacidad de hacer que todas mis defensas cayeran, como si llevara la llave secreta de mi alma. Creí que, por dejar de pensar en él, lo había olvidado. Qué ingenua fui. Hay cosas que, simplemente, no se olvidan.

 —Hola, Noa. ¿Cómo has estado? Siglos sin verte —dijo, acercándose con la naturalidad de quien saluda a una vieja amiga.

 No sabía si ponerme de pie, sonreír, fingir indiferencia o soltarlo todo de una vez. Me debatía entre opciones que solo existían en mi mente, hasta que un gesto suyo me hizo volver a la realidad.

 —Hola… sí, ha pasado mucho tiempo. Estoy bien, tomando mi café matutino, disfrutando un momento de paz antes de que comience la cruel rutina —sonreí, tratando de hacer coincidir mis palabras con mi expresión.

—Recuerdo que para ti el café era sagrado para comenzar el día —dijo con ternura—. ¿Puedo sentarme?

—Oh, claro, disculpa. Pensé que estarías apurado.

—Siempre tengo tiempo para la gente que me importa.

Y me desarmó. Bajé la mirada, intentando ocultar el torbellino interior. Mi orgullo y mi dignidad luchaban por mantenerse firmes, pero mi corazón —ese músculo traicionero— insistía en hacerme temblar.

—Gracias por eso… pero en serio, no es necesario. Si tienes que irte…

 —Ya te dije, quiero compartir mi café contigo. Resuelto ese dilema, cuéntame, ¿cómo has estado? ¿Lograste hacer lo que querías?

 —Sí. Estoy cumpliendo mi sueño. ¿Y tú?

 Mis pensamientos viajaron al pasado, al día que le comuniqué mi decisión de dejar la empresa.

—¿Por qué lo haces? —preguntó entonces, molesto, con los ojos clavados en mí.

 —Porque quiero irme. Tengo una buena oportunidad en las manos y quiero aprovecharla —le respondí con una seguridad que apenas lograba sostener.

 —¿Ah, sí? ¿Y por qué no me dijiste nada? Últimamente no me cuentas muchas cosas... pero esto ni lo insinuaste.

 —No tengo que contarte todo lo que hago, Aiden. Ya no estamos juntos.

 —No hace falta que me lo recuerdes…

 —Disculpa si te incomoda. Solo lo menciono por tu insistencia.

 —¿Cuál insistencia? ¿Querer saber de ti? ¿Que estés bien? ¿Eso te molesta? Perdón por mi necedad de querer…

 —¿De querer qué, Aiden? —dije con la voz quebrada y la furia agazapada en mi pecho.

 —Olvídalo. No vale la pena. Tenías un futuro brillante aquí, y lo estás tirando por la borda por… por un tema emocional.

 —¿Un tema emocional? ¿Así lo llamas? ¿Eso fue para ti?

 —Sabes a lo que me refiero —respondió, frustrado, sintiéndose cada vez más atrapado en sus propias palabras—. Mejor déjalo así. Te deseo suerte.

 Se levantó, abrió la puerta, y con ese gesto silencioso me pidió que saliera. Me tragué todo lo que podría haber dicho. Ya nada valía. Él había sido claro: no estaba listo. No quería dar un paso más allá. La empresa no permitía relaciones entre colegas —y mucho menos entre superiores e inferiores—. Si dábamos el siguiente paso, alguno debía dejar el trabajo… y él no estaba dispuesto.

 Después de aquella discusión, todo empezó a encajar.

Había una chica en la oficina que siempre había estado tras él. Nunca me molestó su presencia —sabía que Aiden solo tenía ojos para mí—, pero también sabía que, si él le daba la más mínima entrada, ella lo tomaría como una señal.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Él le permitió acercarse, sabiendo que eso bastaría para que yo me desilusionara. Sabía que jamás aceptaría compartir ese tipo de ambigüedad emocional. Quizás, en el fondo, buscaba que yo me fuera… así tendría la excusa perfecta. Así no tendría que asumir que simplemente prefería su carrera antes que a mí.

No quería ser el villano.

Y terminó siéndolo igual.

 Mi último día en la oficina estuvo cargado de nostalgia.

Ese lugar había sido mucho más que un trabajo para mí: fue refugio, escuela, escenario de mis logros y también de mis batallas. Allí encontré amistades sinceras, espacios que me hicieron crecer y, durante un tiempo, todo lo que necesitaba para sentirme plena.

No fue una decisión fácil. Al contrario, me costó más de lo que pude admitir. Pero, en el fondo, sabía que era lo mejor. A veces uno no se va porque quiere. Se va porque quedarse significa traicionarse.

 

Los chicos me prepararon una despedida preciosa en un restaurante elegante. Siempre los recordaré con cariño. Mientras hablaba con mis amigos, uno de ellos se acercó a contarme que fue Aiden quien organizó todo. Lo busqué con la mirada y lo encontré a la distancia, observándome discretamente, con un trago en la mano. Como si solo quisiera asegurarse de que estuviera bien.

 Eso me desarmó. Me acerqué cuando lo vi solo.

 —Gracias.

—¿Por qué me das las gracias? —preguntó, genuinamente curioso.

—Por esto. Por organizar la despedida.

—No hay de qué. Te la mereces. Eres la mejor en tu área. Es una pena perderte… aunque nunca dijiste a dónde vas.

 —Ni te voy a decir.

 —Está bien, aunque no es justo —dijo, bajando la mirada.

 —La vida no es justa, Aiden. De eso se trata. De aprender a perder.

 —La vida… estos últimos meses se ha encargado de enseñármelo. Créeme.

 —¿Cómo?

—Déjalo así. No hace falta hablar de eso. Solo espero que encuentres lo que estás buscando.

—Gracias. Yo también espero que encuentres a quien buscas. Y que puedas construir la familia que sueñas.

 Me fui con esa última frase colgando entre nosotros.

Ese era mi sueño también. Lástima que no iba a vivirlo conmigo.

 

Y juro por mi qué solo fui por un café

Pero te vi...

Quien iba a imaginar

Que esa mañana, en el café

Yo iria a coincidir con el milagro

De pisar el mismo espacio

A la misma hora que tu

 

Con el peso de ese último recuerdo, vuelvo al presente y tomo un sorbo de café.

—¿Y cómo anda la empresa? ¿Lograste lo que querías?

—Sí —responde con una sonrisa suave—. Me ascendieron a director general. Al fin.

—Te felicito, Aiden. Sabía que lo lograrías.

—Gracias. Sé que lo dices de verdad.

Hace una pausa.

—¿Y tú? ¿Te casaste?

—Ese capítulo está cerrado con llave —respondo, esquivando su mirada.

—Tampoco veo anillo en tu dedo.

—No todo sueño se cumple —digo, bajando la voz.

—A veces… dejamos ir lo único que realmente importaba.

Levanto la vista. Lo miro.

Él sostiene su taza entre las manos, pero ya no bebe.

 —Noa —dice—. ¿Qué vas a hacer hoy?

 —¿Por qué lo preguntas?

 —Porque quiero que nos escapemos.

Pasar el día juntos.

Como si el tiempo no hubiera pasado.

¿Te animas?

 

Me quedo en silencio.

Sus ojos no se apartan de los míos.

El café, de pronto, sabe distinto.

El aire pesa un poco más.

Y ahí estamos: dos personas que se amaron mucho…

O que quizás todavía se aman.

 Sonrío. Pero no respondo.

 Solo lo miro.

Y dejo que el silencio elija por mí.

 

Y cómo si esto fuera poco

Que tus ojos se fijaran justamente en mi

 

Juro por mi qué solo fui por un café

Pero te vi...

 

Y cambiaste mi vida, mi ritmo, mi espacio,

Mi tiempo, mi historia, mis sueños y todo

Y me agregaste risas, dos dudas, un duende,

Un par de fantasmas

Y este amor que te tengo.

 

Y juro por mi qué solo fui por un café.

 


Amar en voz alta Uno de los errores más humanos es creer que las personas son eternas. Que esa alegría que nos despiertan, esa ilusión que...