Inspirada en la canción de
Ricardo Arjona
(Sin fines lucrativos)
Solo quería un
café
El día empezaba como cualquier otro, aunque para mí el aire
venía cargado de cierta monotonía. Una mañana cualquiera, un sol cualquiera. La
gente, los edificios... todo seguía su ritmo como si cada día fuera igual al
anterior.
Vacía, sí.
La vida adulta no es como la imaginaba de pequeña.
Examiné mi vestimenta de oficina, tratando de añadir algo de color que disimulara un poco mi espíritu apagado. Me peiné el cabello largo, negro y lacio, intentando acomodarlo y hacerlo coincidir con lo que se espera de una ejecutiva como yo.
El corazón anhela algo más, algo que no sé nombrar. Y aunque intento acallarlo, no he encontrado la clave… así que me toca fingir. Como todos lo hacen.
Salgo, como cada mañana, caminando con paso distraído,
buscando en el camino algo que me parezca hermoso, algo que me saque de este
gris constante. Llego a la cafetería que ya se ha vuelto parte de mi rutina.
Pido lo de siempre: café negro con tres de azúcar.
Qué equivocada estaba de la vida…
Entonces entra una pareja feliz. Al parecer pasaron su primera noche juntos y ahora buscan algo para desayunar. Nunca había visto a la joven acompañada antes… y esa sonrisa, sí que la reconozco.
Llena de amor e ilusión.
Qué ingenua. Esa alegría dura muy poco. Lo sé demasiado bien. Podría contar mil historias al respecto.
Bajo la mirada hacia mi tablet para continuar escribiendo mi historia. Llevo un año haciéndolo, y cada vez que me adentro en ella, algo en mí sana. No sabía que también se puede cerrar un capítulo escribiéndolo. No sabía que ponerle palabras al pasado era una forma de entender lo que ocurrió hace millones de latidos… y que aún vive en el corazón.
Mi mente voló a aquel momento en que, por primera vez, me atravesó la espada de la traición —si es que puede llamarse así. Era solo una niña, todavía no entendía bien cómo funcionaba el mundo, y ya el temor se me instalaba en el pecho, obligándome a comprender que hay cosas que no son para siempre.
—Ya su café tiene azúcar, como lo pidió —me informó con amabilidad.
Con ese último pensamiento, alzo la vista y miro por la ventana. La gente va de un lado al otro, con las prisas de siempre por llegar a la oficina, sin saber que —en esas mismas prisas— están dejando atrás la vida. Veo a algunos niños caminando con sus proyectos de clase en la mano, o adormilados en los asientos traseros de los vehículos.
Si supieran…
Si supieran que esos son los momentos más felices y sin
complicaciones que tendrán en toda su vida.
Quizá echarle
algún vistazo
a las malas nuevas
de los diarios
o sacudirme
esa pereza crónica
de mis amaneceres.
Reviso mi agenda. Hoy solo tengo unas cuantas reuniones y algunos correos por responder; nada emocionante, solo otro día más. Al mirar las novedades, me doy cuenta de que se acerca el nacimiento del hijo de mi mejor amiga de toda la vida, y no puedo evitar quedarme pensativa. El tiempo pasa tan rápido… parece que fue ayer cuando nos conocimos en aquella comunidad cercana a mi casa, cuando aún éramos niñas que se volvían inseparables y cómplices en todo. Me alegra profundamente por ella; ha logrado construir la familia que siempre soñó. Aunque confieso, muy dentro de mí, que a veces me pregunto por qué a algunas personas les llega tan claro eso que para otras parece un rompecabezas sin instrucciones.
Luego, sin muchas ganas, vuelvo a las noticias.
Pero no hay nada nuevo. Negociaciones interminables entre países que solo buscan enriquecerse, una sociedad cada vez más desesperanzada y violenta, descubrimientos médicos inalcanzables para quienes más los necesitan, luchas sociales que me generan dudas sobre si son verdaderas o solo discursos bien armados, y como siempre, algún fanático religioso que menciona a Dios justo cuando le conviene.
Y yo solo deseo —aunque sea ingenuo— poder vivir algún día
en paz.
Pero quizás la paz no esté en encontrar respuestas, sino en
aprender a respirar entre tantas preguntas.
Vuelvo la mirada hacia
la ventana, tratando de encontrar esa pizca de esperanza que suele escaparse
cuando me abruma el ruido del mundo, cuando las noticias parecen repetirse en
un ciclo sin final, y todo se tiñe de un gris que no se ve, pero que se siente.
En medio de ese intento por distraerme, lo veo. Un hombre cruza la acera con
cierta prisa, una prisa que reconozco bien, esa que no es de los pies sino del
alma, y aunque al principio no logro distinguirlo con claridad, algo en su
presencia me atrapa. Lo sigo con la mirada hasta que entra al local, y bastan
unos segundos para saber que es él.
Siempre he tenido
buena memoria para los rostros, y si alguna vez conocí a alguien de verdad, no
lo olvido jamás. Mucho menos a él. Alto, de cuerpo atlético, perfectamente
vestido con su traje azul entallado, camisa blanca y una bufanda que combina
con la sobriedad de su estilo. Su rostro, varonil y cuidado, con esa barba
siempre prolija, ese cabello oscuro, esos ojos que parecían leer más de lo que
decían… y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que tantas veces me robó el aliento
y me dejó hecha pedazos, sin decir una sola palabra.
Me pregunto cómo es
posible que el corazón, en tan solo un instante, sea capaz de despertar lo que
creíamos enterrado en lo más profundo. Cómo algo tan fugaz puede devolvernos,
sin aviso, a todo lo que callamos, no porque no duela, sino porque se ha vuelto
lo único que nos pertenece, lo único que podemos conservar a salvo: el
silencio. Y ahí está él, frente a mí, como una aparición. Y aquí estoy yo, con
el corazón desbordado.
—Que no mire para
acá... —le pido al cielo, como si alguna vez mis súplicas hubieran sido
escuchadas.
—No esta vez, por
favor... aunque sea solo una vez —continúo, como si negociar con lo divino
pudiera salvarme de lo inevitable.
Pero, como siempre,
no funciona. Él gira en mi dirección, y aunque no sé si fue por simple
casualidad o porque, sin quererlo, lo atraje con la intensidad de mi mirada,
siento que ese cruce de ojos no fue fortuito. ¿Estaré alucinando? ¿Será este
uno de esos escenarios que imaginé tantas veces, jugando con la idea de volver
a verlo? Si tan solo supiera cuántas veces me inventé este instante...
Siento que me falta
el aire, que algo helado se instala en mi pecho y mi mundo, que ya andaba
tambaleante, está a punto de venirse abajo. Sí, es él. Y su sola presencia lo
derrumba todo. De los nervios, casi derramo el café sobre la tablet. Bajo la
taza de golpe e intento disimular, fingir que nada ocurre, pero soy una pésima
actriz y estoy segura de que él ya notó que aún tiene ese efecto en mí. Me
regaño en silencio. ¿Cómo puede seguir provocándome todo esto? ¿Cómo puede
todavía hacerme sentir así?
Y entonces,
inevitablemente, todo en mí regresa al comienzo, al instante en que lo conocí.
Fue en la oficina, durante un nuevo proyecto. Él era el líder del equipo, y a
mí me asignaron para apoyar en el desarrollo y conceptualización de las
propuestas de innovación. Desde el principio me llamó la atención su forma de
liderar: seguro, creativo, con esa facilidad para encontrar mejoras en cada
idea, para ver más allá de lo evidente. No era sorpresa que le confiaran este
tipo de proyectos. Era brillante, y lo sabía.
Sin darme cuenta,
pasé de admirarlo profesionalmente a buscar cualquier excusa para estar cerca
de él. Y cuando lo supe, ya era demasiado tarde. Habíamos cruzado esa línea
invisible donde el trabajo deja de ser solo trabajo, y empiezan a compartirse
los libros favoritos, las preguntas sin respuestas, las conversaciones que no
terminan cuando se cierra la laptop. Tenía una mente insaciable, siempre
queriendo aprender más, descubrir más, absorber más del mundo... tan insaciable
como mi necesidad de estar cerca de él.
Recuerdo
especialmente una tarde, después de una reunión eterna de presentación de
resultados. Hablábamos de vernos más tarde, pero esa vez lo noté diferente.
Había algo en su mirada, una especie de nerviosismo que contrastaba con su
seguridad habitual. Me invitó a su apartamento. Dijo que tenía algo especial
preparado. Y yo, ilusionada como una adolescente, acepté sin pensarlo. Estaba
deseando que llegara la noche, que llegara él, que llegara ese momento.
El tiempo voló. No
me di cuenta cuando el reloj marcó las cinco. Me fui de la oficina con una
sonrisa que hablaba por sí sola, pensando en qué vestido usar, sabiendo que la
ocasión lo merecía. Al llegar a casa, elegí uno sencillo, rojo, y me maquillé
con suavidad, lo justo para resaltar mis rasgos. Solté mi cabello, lo arreglé
con cuidado, me miré al espejo y, por un instante, me sentí feliz con lo que
vi.
Tomé mi bolso negro
y salí apurada. Él, mientras tanto, preparaba cada detalle: la mesa, las velas,
las rosas rojas. Llevaba una camisa blanca y jeans que le quedaban como hechos
a medida. Siempre impecable. Y ese perfume… ese perfume que me hacía querer
abrazarlo y no soltarlo nunca, quizás porque me recordaba al de mi padre,
quizás porque me hacía sentir a salvo, en casa.
Observé cada rincón
con detalle. Todo hablaba de él: su buen gusto, su orden, su calidez. Me habló
de las rosas del comedor, y me acerqué para olerlas, dejándome envolver por su
perfume.
—Wow, están hermosas
—dije sonriendo—. Tu apartamento es muy acogedor… aunque, si me permites, diría
que le faltan unos toques femeninos —agregué con una sonrisa traviesa.
—¿Ah, sí? ¿No me
digas? —contestó, entendiendo la indirecta.
—Sí —dije, como
quien insiste con dulzura, como una niña que quiere convencer a su padre de que
le compre ese juguete que tanto desea.
Él sonrió, y aunque
quiso seguir el juego, su risa lo delató.
—Tienes razón. Pero
ya de eso se encargará la señora de la casa en su momento —dijo, con esa forma
suya de decir tanto sin necesidad de explicar nada.
Me invitó a
sentarme.
—¿Quieres un trago?
—¿Qué tienes?
—Tu vino rosado… y
fresas, como te gustan.
—Gracias —respondí,
mientras él se dirigía a la cocina.
La noche fluyó entre
charlas, risas, miradas que decían más que las palabras. Y en un momento,
mientras el silencio se volvía cómodo, me miró fijo, me tomó la mano, y con esa
seguridad que siempre le acompañaba, me dijo:
Y cambiaste mi
vida, mi ritmo, mi espacio,
mi tiempo, mi
historia, mis sueños y todo.
Me agregaste
risas, dos dudas, un duende,
un par de
fantasmas… y este amor que te tengo.
—Aiden… —su nombre salió casi como un suspiro.
Aún lucía tan atractivo como siempre.
Lo vi caminar hacia mí con esa sonrisa encantadora que
tantas veces me desarmó. Sentí el sudor en mis manos, las mejillas ardiendo,
los nervios a flor de piel. Rogaba no derrumbarme frente a él.
Su paso era firme, su presencia envolvente. Aiden tenía esa extraña capacidad de hacer que todas mis defensas cayeran, como si llevara la llave secreta de mi alma. Creí que, por dejar de pensar en él, lo había olvidado. Qué ingenua fui. Hay cosas que, simplemente, no se olvidan.
—Recuerdo que para ti el café era sagrado para comenzar el día —dijo con ternura—. ¿Puedo sentarme?
—Oh, claro, disculpa. Pensé que estarías apurado.
—Siempre tengo tiempo para la gente que me importa.
Y me desarmó. Bajé la mirada, intentando ocultar el
torbellino interior. Mi orgullo y mi dignidad luchaban por mantenerse firmes,
pero mi corazón —ese músculo traicionero— insistía en hacerme temblar.
—Gracias por eso… pero en serio, no es necesario. Si tienes
que irte…
—¿Por qué lo haces? —preguntó entonces, molesto, con los ojos clavados en mí.
Había una chica en la oficina que siempre había estado tras
él. Nunca me molestó su presencia —sabía que Aiden solo tenía ojos para mí—,
pero también sabía que, si él le daba la más mínima entrada, ella lo tomaría
como una señal.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Él le permitió acercarse, sabiendo que eso bastaría para que
yo me desilusionara. Sabía que jamás aceptaría compartir ese tipo de ambigüedad
emocional. Quizás, en el fondo, buscaba que yo me fuera… así tendría la excusa
perfecta. Así no tendría que asumir que simplemente prefería su carrera antes
que a mí.
No quería ser el villano.
Y terminó siéndolo igual.
Ese lugar había sido mucho más que un trabajo para mí: fue
refugio, escuela, escenario de mis logros y también de mis batallas. Allí
encontré amistades sinceras, espacios que me hicieron crecer y, durante un
tiempo, todo lo que necesitaba para sentirme plena.
No fue una decisión fácil. Al contrario, me costó más de lo que pude admitir. Pero, en el fondo, sabía que era lo mejor. A veces uno no se va porque quiere. Se va porque quedarse significa traicionarse.
Los chicos me prepararon una despedida preciosa en un
restaurante elegante. Siempre los recordaré con cariño. Mientras hablaba con
mis amigos, uno de ellos se acercó a contarme que fue Aiden quien organizó
todo. Lo busqué con la mirada y lo encontré a la distancia, observándome
discretamente, con un trago en la mano. Como si solo quisiera asegurarse de que
estuviera bien.
—¿Por qué me das las gracias? —preguntó, genuinamente curioso.
—Por esto. Por organizar la despedida.
—No hay de qué. Te la mereces. Eres la mejor en tu área. Es una pena perderte… aunque nunca dijiste a dónde vas.
—Déjalo así. No hace falta hablar de eso. Solo espero que encuentres lo que estás buscando.
—Gracias. Yo también espero que encuentres a quien buscas. Y que puedas construir la familia que sueñas.
Ese era mi sueño también. Lástima que no iba a vivirlo conmigo.
Y juro por mi qué solo fui por un café
Pero te vi...
Quien iba a
imaginar
Que esa mañana, en
el café
Yo iria a
coincidir con el milagro
De pisar el mismo
espacio
A la misma hora
que tu
Con el peso de ese último recuerdo, vuelvo al presente y
tomo un sorbo de café.
—¿Y cómo anda la empresa? ¿Lograste lo que querías?
—Sí —responde con una sonrisa suave—. Me ascendieron a
director general. Al fin.
—Te felicito, Aiden. Sabía que lo lograrías.
—Gracias. Sé que lo dices de verdad.
Hace una pausa.
—¿Y tú? ¿Te casaste?
—Ese capítulo está cerrado con llave —respondo, esquivando
su mirada.
—Tampoco veo anillo en tu dedo.
—No todo sueño se cumple —digo, bajando la voz.
—A veces… dejamos ir lo único que realmente importaba.
Levanto la vista. Lo miro.
Él sostiene su taza entre las manos, pero ya no bebe.
Pasar el día juntos.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
¿Te animas?
Me quedo en silencio.
Sus ojos no se apartan de los míos.
El café, de pronto, sabe distinto.
El aire pesa un poco más.
Y ahí estamos: dos personas que se amaron mucho…
O que quizás todavía se aman.
Y dejo que el silencio elija por mí.
Y cómo si esto
fuera poco
Que tus ojos se
fijaran justamente en mi
Juro por mi qué
solo fui por un café
Pero te vi...
Y cambiaste mi
vida, mi ritmo, mi espacio,
Mi tiempo, mi
historia, mis sueños y todo
Y me agregaste
risas, dos dudas, un duende,
Un par de
fantasmas
Y este amor que te
tengo.
Y juro por mi qué
solo fui por un café.
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Me encantó, una lectura que envuelve desde el principio, fácilmente imaginas todos los detalles que describe el autor. Esperando la segunda parte!!
ReplyDeleteWow... entre al link por curiosidad, y para leerlo mas tarde. Cometi el error de empezar, y lo lei entero. Se me fue casi una hora, entre las interrupciones y la lectura. Jajajaja Pero que cautivante la historia. Se me hizo imposible detenerme una vez inicie. Creo que tienes futuro como escritora. Esa historia merece ser continudad... la espero .....Love it!!
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